Esquirlas en la memoria.
Su vida hace tiempo se había convertido en ese sitio al al que los cristianos temen ir, pero durante el correr del reloj y mientras el sol iluminaba nubes y polvo, cuando aun su mente podía estar en mayor medida bajo su control, Juvid, caminaba mirando al suelo y solía reposar sobre su espalda la tristeza y el odio; como arcilla aun húmeda, le era permitido moldear estos sentimientos. No sabía si era ya maestro en esas artes, si la espina ya hacía parte de su corazón o si tan solo su alma había adquirido resistencia; siquiera si la ya masacrada andaba por allí.
Pero cuando sus ojos se cerraban y su mundo, pasanado de colores a un blanco total destellante, se convertía en el mundo de los sueños, mundo ingobernable por el consciente, Juvid se encontraba totalmente acorralado por el miedo en un callejón sin salida. La soledad que podía adiestrar en la realidad, rondaba sinusoidalmente sobre su cuerpo. Juvid allí era débil, frágil. Los sueños eran como pequeñas pero incontables esquirlas de vidrio clavadas en su cerebro y una visita de quien otrora fue su amada terminaba liberando el dolor del reposo en su espalda. El odio, por otra parte, solo era libre en un intervalo infinitesimal de segundos en que sus ojos se abrían y se encontraban con la más absoluta oscuridad.
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